UIENES andan intentando lograr para Pamplona un lugar en la concurrida competición por la capitalidad cultural de 2016 deberían estar atentos a lo que acontece estos días para darse cuenta de que sin moverse de casa, en la calle y en la gente, tienen la mejor performance (arte en vivo) humana y social que se puedan imaginar, reconocida en Europa y con un prestigio internacional más que ganado a pulso. No hay mejor evento que los Sanfermines para poder competir y no me refiero a la fiesta en sí misma sino al reto de lograr extraer la verdadera esencia de esa fiesta: su carácter universal, popular y de igualdad para llevarla allí donde queramos convencer a otros de que aquí somos capaces de hacer algo que nos diferencie. Y no es un tópico. Porque son unas fiestas sin igual, eso está claro. Lo mejor de San Fermín no es su programa, eso a la vista está, y hablar de Cultura y Fiesta no es pensar en los dobles de Hemingway o en el triste programa musical que adorna las noches y mucho menos es vestir los recintos feriales con paneles de la posible capitalidad cultural, no pegan mucho con el olor a churros y los tirapichones, la verdad. Ser capaces de competir culturalmente con la fiesta por bandera sería demostrar que apostamos por una ciudad abierta y popular, una ciudad que mire a la calle, que se reconozca en sus ciudadanos, que sea sociable y respetuosa, plural y libre, en la que quepamos todos y todas, sin diferencias ni discriminaciones de ningún tipo, una ciudad diferente. Hay tiempo, allí queda 2016, pero hay mucho que cambiar.