IEMPRE fuiste puntual. Más que yo, y ya es decir. Pero, como todos los puntuales, sobrado de paciencia y generosidad para dedicarme tu tiempo. Y ahora vas y me das plantón. Hoy me has fallado al café de los sábados y, vaya faena, hemos dejado una parte del mundo sin arreglar porque de repente te entraron las prisas, para qué y para morirte. Demasiada prisa, Miguel Ángel , amigo, compañero de cafés con tema, con parsimonia, con consensos y disensos, con afecto por encima de todo. "Miguel Ángel Garayoa, consultor", era tu saludo matutino con la mano tendida sin malicia, sin trucos analistas de eneagrama. Te echaré de menos, Miguel Ángel, amigo, compañero. Echaré de menos los cruces de SMS -manía la tuya, de no contestar al teléfono-. Echaré de menos la mesa compartida con cuto , siempre cuto , fuera jamón, o txistorra, o panceta, o gorrín propiamente dicho, atávica preferencia tuya en todo menú que se precie. Echaré de menos tu enciclopédica conversación, tu inmensa capacidad para reírte de ti mismo y para echarle humor hasta a las pedregadas que a todos nos da la vida. En eso estábamos, charlando, arreglando el mundo en tus visitas mañaneras, citándonos casi para mañana, cuando, hala, que te entraron las prisas por morirte. Y digo yo, ahora en esa nueva dimensión en la que estás, ¿has conseguido aclarar si el Santo Grial está en Gorramendi? ¿son una, dos o dos mil las almas del PNV? ¿llegará la paz a este pueblo de una puñetera vez? Y ya de paso, ¿te has cruzado con Michael Jackson? Siempre te recordaré, Miguel Ángel, amigo, compañero.