XISTE un lugar en el mundo donde todo lo bueno ocurre y donde lo malo casi siempre acaba pasando; un sitio no físico sino emocional, un lugar que uno no elige, pero en el que permanece siempre, quiera o no, porque estará allí, en el mismo punto, aunque se distancie. Ese espacio del que hay que alejarse a veces, para sentir luego la necesidad de la vuelta, el abrazo del reencuentro, el calor de lo verdadero. Ese trocito de vida donde siempre eres tú misma/o, aunque a veces cueste; donde no hay que dar explicaciones para querer y sentirte querida; donde la huella de lo vivido permanece imborrable. El único hueco en el que tienen cabida los secretos, que no las mentiras, asuntos inconfesables que aguantan en silencio el paso del tiempo y se heredan sin que nadie los cuente. Un lugar de película en el que cada uno va marcando el guión de su propia vida y que no es otro que la familia. La familia en general y la de cada cual en particular. Así lo muestra la directora Mar Coll en su película Tres días con la familia , que abrió en Pamplona la Muestra de Cine y Mujer, un relato personal sobre este territorio universal del que, como ella misma reconoce, "heredamos gran parte de sus logros y sus miedos". También Coppola se atreve una vez más con los secretos familiares, esta vez con aires argentinos en Tetro. Abordar la familia en términos cinematográficos o literarios suele tener el riesgo de que los demás piensen que hablas de la tuya propia, porque en el fondo no somos tan diferentes y es fácil sentirse indentificado. Las dos películas llegan hoy a las salas y con ellas se nos brinda una buena oportunidad para reflexionar sobre lo que somos.