A jornada de huelga general se hizo notar ayer en Navarra y la CAV con distinta incidencia según las apreciaciones de las partes implicadas. Como de costumbre, ni el "éxito" que proclaman los sindicatos convocantes, ni el "auténtico fracaso y respuesta irrelevante" contabilizado por la CEN en la Comunidad Foral, son referencias incuestionables. Hubo paro visible, por supuesto, en unos sectores más que en otros, pero en ningún momento llegó a la paralización que persigue una convocatoria de este calado. En Navarra se formaron piquetes, hubo pequeños sabotajes, tensiones con las Fuerzas de Seguridad, pero los incidentes resultaron mínimos en una jornada en la que prevaleció tanto el respeto al derecho a la huelga como a quienes siguieron con su trabajo. En la CAV se practicaron algunas detenciones y cargas policiales, pero la vida ciudadana no se vio excesivamente perturbada. Es un dato positivo. En cuanto a la incidencia, en Navarra el seguimiento fue desigual; concitó un apoyo mayoritario en Sakana y Bidasoa, y su incidencia era apenas inapreciable en la Ribera. Sin entrar a valorar el fondo de la convocatoria, sus motivos, su idoneidad, su oportunidad o sus resultados, sí quedó constancia de que los tiempos han cambiado y las movilizaciones ya no concitan el entusiasmo de otras épocas. Puede ser consecuencia de la calidad de vida de una mayoría social, de la distancia que separa y divide a los sindicatos mayoritarios, pero lo cierto es que ahora una huelga general ha perdido carga épica y hasta eficacia resolutiva. Pasada ya la jornada y expresadas las valoraciones de parte, es necesario volver a la realidad. Y esa vuelta a pisar suelo es uno de los puntos débiles de la convocatoria. Porque al tratarse de una demostración de fuerza que la mayoría sindical vasca creía necesario, queda para el análisis, primero, que no hubo paro general. Y que quienes decidieron secundar la convocatoria, como los que no lo hicieron, se encontrarán hoy con la misma incertidumbre respecto a su futuro laboral, los mismos ERE, la misma impotencia ante unas políticas de empleo contra las que dieron un puñetazo en la mesa, sin tener claro si han roto la mesa o se han dañado el puño. Y la pregunta que van a hacerse los más débiles, los más afectados, es quién y cómo va a ser capaz de poner proyectos de corrección del modelo económico y productivo sobre la mesa.