El Niño Judío
Obra: Zarzuela en dos actos con música de Pablo Luna y libreto de García Álvarez y Antonio Paso. Reparto: Arantxa Irañeta, Rafa Castejón, Joaquín Huarte, José María Asín, Jesús Idoate, Lander Iglesias y Diego Martín, entre otros. Cuerpo de Baile : Escuela de danza Lebal. Coro Lírico de Navarra (director: Juan Carlos Múgica). Orquesta Sinfónica de Navarra. Dirección escénica : Ignacio Aranaz. Escenografía e iluminación: Tomás Muñoz. Dirección Musical : Luis Remartínez. Producción de la Fundación Municipal Teatro Gayarre. Lugar y fecha: Teatro Gayarre. 6 de febrero de 2009. Público: Lleno.
ES obligado que el mundo del espectáculo haga de revulsivo a la situación real de la sociedad. Si la sociedad está acomodada y dormida, surge la denuncia. Si la sociedad está un tanto deprimida por la crisis, hay que animarla. Así lo entienden, por ejemplo, en la Berlinale de este año, que se dedica, especialmente, a la comedia y al entretenimiento. Y así lo ha entendido la Fundación Gayarre que ha patrocinado esta magnífica producción del Niño Judío . Nada mejor que hacer soñar con riquezas en tiempos de penurias. Las dos horas largas de la función se hacen entretenidas. Hay una fluidez teatral magnífica, un orientalismo tópico al que se le saca partido en vestuario y colorido, y una perfecta definición de escenas y situaciones en un contexto cambiante. Prevalece en esta zarzuela, el humor y el chascarrillo, lo cómico sobre lo serio. Todo ese campo esta muy bien salvado. La parte musical con más enjundia: las dos romanzas famosas y el intermedio, se salvan con decoro, siendo los tramos musicales cómicos los más aplaudidos. La excelente explicación de la trama esta basada en una muy buena puesta en escena. Es un verdadero hallazgo meter en el escenario un tren de feria que aúna el concepto de ensoñación infantil o de riqueza y la idea de viaje. Va a ser el hilo conductor -nunca mejor dicho- de toda la trama, con un resultado perfecto. El resto de los elementos -protagonistas, coro, guardianes, bailarinas…-, lo usan a su antojo, y comienzan o acaban la escena desde sus vagones. Otro elemento original y bien realizado fue el travestismo. Usó Ignacio Aranaz este recurso con comicidad pero sin chabacanería; desde la mujer del rajá que es un hombre -muy bien Jesús Idoate- , en la tradición de aquella soberbia Bernarda de Ismael Merlo; hasta el dúo de tenores cómicos de la danza macabra, hilarante y cupletista. Esta puesta en escena me ha gustado, además, por lo que tiene de vuelta a lo mecánico. Es cierto que estamos acostumbrados, hoy día, a trabajos escénicos donde la luz y el minimalismo reinan, donde espectaculares hidráulicos nos presentan los decorados saliendo de la nada. A mi este mecanicismo decimonónico, que tira de cuerdas y telones -estupendamente hecho, claro- me resulta enternecedor, y, ciertamente es lo que le va a zarzuelas como ésta y a sus relatos de cartones sepia. Gran teatro. Teatro donde el espectador también se implica acotando o añadiendo espacios a los señalados.
Pues bien, sobre todas esta buenas ideas evolucionaron los actores, bien arropados y con sólidos agarraderos escénicos. El coro -siempre al quite de la escena de masas- cantó con decisión y buen gusto, con bellos momentos en piano . Las bailarinas de la escuela de danza Lebal dieron un buen juego durante toda la velada. Lo mismo apuntaron tacones en la españolísima romanza de Concha, que ejecutaron coreografías al más rabioso estilo de las películas del Bollywood indio, muy acordes con el libreto. El grupo, más de actores que de cantantes, rayó a gran altura, encabezados por un José Mari Asín muy en su papel y muy aplaudido. Rafa Castejón se lució como el típico tenor cómico, con voz clara y gran comicidad. Joaquín Huarte compuso bien su personaje teatralmente, y un poco más flojo vocalmente; en su romanza -quizás lo más bello de la obra- abusó de una media voz un tanto fluctuante; le hemos escuchado con más convicción. Mejor en sus intervenciones concertantes. Arantxa Irañeta le echó gracia a su De España vengo , también muy aplaudida. La orquesta, bajo la dirección de un Luis Remartínez -que concertó muy bien el escenario y el foso- hizo lo mejor en el intermedio, con un sonido de cuerda muy hermoso. El público se lo pasó estupendamente.