Fue a mediados de los 80 cuando trabé conocimiento con dos joyas de la despensa italiana, en el inolvidable restaurante barcelonés Florián de aquella gran cocinera que era Rosa Grau, hoy alejada de los fogones. Eran dos joyas en todos los sentidos, el económico también: la trufa blanca o tartufo y el vinagre balsámico de Módena.