Editorial
Portazo irlandés
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| L rechazo irlandés al Tratado de Lisboa ha situado de nuevo a la Unión Europea en un atolladero, tal vez más profundo en su vertiente social que en la política, pero igual de preocupante en ambas. Los estados buscarán la próxima semana una vía de escape para desinflar el problema. Juntos trazarán el plan B para ocultar el fracaso del plan B que se sacaron de la manga tras el fiasco de la Constitución Europea. La diplomacia comunitaria se sobrepondrá al portazo. De hecho, el poderoso eje franco alemán ya ha anunciado que presentará una propuesta conjunta para sortear la crisis y el presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Durao Barroso, abogó ayer por continuar con la aprobación del Tratado de Lisboa en el resto de países. Se trata de que el proyecto siga su curso y si, como todo apunta, el único país que lo rechaza es Irlanda -el único que lo somete a referéndum- actuar en consecuencia. Algunas voces comunitarias incluso apuestan por dejar fuera a los irlandeses con un relativamente sencillo mecanismo: los estados que estén a favor asumirían Lisboa como un pacto internacional multilateral. Los defensores de esta posibilidad, que se preguntan si es legítimo que cuatro millones de europeos frenen un proyecto secundado por casi 500 millones, recuerdan que en 2001 también fue Irlanda quien frustró el Tratado de Niza y que una posterior renegociación con Dublín posibilitó el sí un año después. Llueve sobre mojado, porque el principal defensor en Irlanda del no , el millonario Declan Ganley, ha reconocido públicamente que el objetivo de su campaña, muy mediática gracias al despliegue económico, es forzar a Bruselas a negociar. Este mensaje ha calado en la sociedad irlandesa, pero también en los socios comunitarios que son más reticentes en esta ocasión a reformar el texto. En este punto, aparece de lleno al vertiente social del problema. En el no de Irlanda subyace su oposición a perder soberanía -política y fiscal- en favor de las instituciones europeas, el miedo a que bajen los salarios por la llegada de inmigrantes dispuestos a trabajar más barato y el fracaso de los políticos a la hora de acercar el proyecto europeo a los ciudadanos. Y mientras persistan esos temores, latentes en todos los países, la Unión Europea seguirá de atolladero en atolladero. |
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