IENE algo de extraño ver a Yolanda Barcina y a Alberto Catalán escoltar sumisos a una bebida estimulante como nuevo tótem sanferminero. Quizá no sean ciertas todas las informaciones alarmantes que circulan por la red y los medios de comunicación sobre los supuestos efectos secundarios del consumo de Red Bull, sobre todo entre los jóvenes -una bomba mortal mezclada con alcohol, según avisa la propia marca-. Quizá sea verdad que países como Francia o Dinamarca que no habían autorizado su consumo vayan a levantar la ley seca al Toro Rojo como otros 100 países. Quizá sea sólo una leyenda más que su componente glucuronolactone fuera desarrollado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos para estimular la moral de las tropas en Vietnam al actuar como una droga alucinógena. Incluso quizá tenga fuerza como imagen publicitaria ver transformado el toro bravo -esencia del encierro- en miles de toritos rojos volando con alas por los cielos. Tiene algo de extraño pensar en las personas que corren cada día el encierro como un rito delante de un estruendoso vehículo de colorines y hierros sin vida ni sentimientos por las calles de Pamplona. Seguramente, la llamada internacionalización de los Sanfermines debiera ser otra cosa, pero parece que estas autoridades están empeñadas en algo distinto, como si el objetivo real fuera conseguir que los Sanfermines dejen de ser lo que son. Seguro, las carreras del Toro Rojo por la vieja Iruña serán otro éxito social, pero eso no evita una sonrisa triste si la idea es que Red Bull publicite Sanfermines y no que Barcina haga publicidad del bote. ¿Quién paga entonces a Barcina?