NO recuerdo haber leído que el escritor inglés de origen polaco Joseph Conrad, que fue marino antes que escritor, y contrabandista de armas para los carlistas, hubiese tenido algo más que tentaciones racistas; pero es coherente con su época y con la manera generalizada de pensar en el ámbito del imperio británico, uno de cuyos pilares fundamentales fue el racismo extremo y la xenofobia, cosa que no se dice, claro. El racismo, como el antisemitismo, como cualquier forma de afirmación de la propia identidad por la exclusión y el desprecio del otro, se respira, y a finales del siglo XIX se respiró mucho. Al revés, a Joseph Conrad se le considera hasta un paladín de la denuncia de la barbarie europea, belga en concreto, en los territorios congoleños (resulta fascinante ver los mapas en blanco) explotados por las sociedades beneficiarias de las trapisondas del rey Leopoldo, en las que participaron europeos de todas las nacionalidades. La barbarie, el crimen estaba en el aire, era una forma de llevar y de imponer la civilización a los salvajes allí donde la religión pudiese ser un instrumento de dominación y donde, con mano de obra en condiciones de esclavitud encubierta, se pudiesen obtener grandes beneficios de lo que fuera: minerales, piedras preciosas, petróleo, caucho, madera, marfil... Y algo más, había complacencia en el crimen, en el asesinato, en las mutilaciones, como la hubo entre los nazis alemanes: las fotografías no dejan lugar a dudas. En la Patagonia chilena y en la Tierra de Fuego se exterminaron indios patagónicos y fueguinos hasta finales de los años veinte o comienzos de los treinta del siglo pasado. Lo instigaron poderosos estancieros que pagaban matones a tanto la pieza. Un relato escalofriante. Impune. Allí quedaba la Patagonia. Y un estanciero era mucho estanciero. Pero eso no se cuenta o se cuenta como le conviene a quien paga la historia oficial. Los reportajes de grandes viajes (pura industria turística de la peor especie) son una buena muestra de lo que digo. Así, los norteamericanos, en un reportaje sobre las ciudades perdidas del Amazonas (expedición, cuando se refieren a la deforestación hablan de limpieza de maleza, o así está doblado al castellano). De las actuales fechorías de los madereros es mejor no hablar porque están con el poder que conviene al Gobierno norteamericano. Además, los narcos no suelen andar muy lejos y en esos andurriales los forasteros, por intrusos, están mal vistos. Es una de las novelas más conocidas (gracias a la película) de Conrad, Lord Jim, donde encontramos expresiones como perros sarnosos referidas a los que se atreven a juzgar a un blanco. En el fondo, es la misma mentalidad que empuja a los norteamericanos a hurtar a los delincuentes que gozan de esa nacionalidad a los tribunales de otros países donde han cometido delitos. Algo que pone en solfa la noción misma de soberanía e independencia, y de elemental justicia. Pero más que ese episodio anecdótico, producto de una época, Conrad reprocha a Jim el haberse entregado a los salvajes, viviendo con ellos, a su manera. Conrad no entiende que alguien se pueda ir a vivir entre salvajes de manera benévola, altruista, considerándolos sus iguales, asumiendo sus costumbres sin intención de imponerles la civilización del imperio, al revés, despojándose del lastre civilizado. Y quien dice salvajes, dice indígenas o pobladores originarios, cuya igualdad está discutida y rechazada hasta ahora mismo. El filosofo francés Bruckner acaba de hablar de una mala conciencia de la izquierda europea que le hace transigir con ideas reaccionarias, abstenerse de la crítica, no opinar (asumiendo el ser extranjeros cuando pretenden ser ciudadanos del mundo), comprender en falso la mayoría de las veces por entrega y asunción, y todo por una mala conciencia, un difuso sentimiento de culpa por un pasado histórico del que no son herederos ni por asomo. Como si la nacionalidad nos hiciera corresponsables de las fechorías que gobernantes del pasado que ni siquiera hubiésemos podido elegir. Mucha responsabilidad es ésa. Cabe preguntarse si detrás de las ayudas oficiales españolas no hay una mala conciencia por dos o tres siglos de ocupación virreinal, mal estudiada, mal explicada, hecha justificación de un odio necesario para ser algo, para sentirse algo, para vibrar por la patria (en América acabas muy harto de patrias y de patriotas): los españoles tienen la culpa de todo, hasta de los desmanes y el pillaje cierto de las elites republicanas, criollas, mestizas e indígenas, incluso que quieren pasar por blancos cuando adquieren algo de poder. Yo tengo claro que si los beneficiarios de algunas ayudas (y no precisamente oficiales) no fueran radical, furiosamente anti españoles, no recibirían las ayudas o el apoyo ideológico que reciben. Pero bueno, lo que yo crea y nada es lo mismo. La riada del tiempo va por otro lado y se lleva las opiniones particulares al chirrión. Según la tesis de Bruckner, el altruismo o esos elementales sentimientos de solidaridad, de piedad, de fraternidad, de elemental justicia quedarían excluidos. Sería la mala conciencia la que empujaría a dejarse el pellejo en guerras ajenas a cooperantes, a miembros benévolos de ONG (cada vez más contestadas por cierto por los países que las acogen, y no sólo por el asunto de sus fondos o de que sean cotarretes), a religiosos, que en realidad no tratarían sino de llevar su verdad y de barrer las creencias originarias, aunque luego tú mismo puedas ver que, cuando menos los actuales, no tratan de imponer nada y hasta dudes de que sean los mismos católicos que intervienen de manera abusiva en la política conservadora y autoritaria de tu tierra. Mala conciencia o conciencia a secas. La idea no es mala, pero me temo que Bruckner, desde su olimpo universitario, olvida que al beneficiario de un hospital, un dispensario, un equipo quirúrgico, una capacitación profesional, la buena o mala conciencia del pagano le importa, de entrada, un carajo.
Conrad no entiende que alguien se pueda ir a vivir entre 'salvajes' de manera benévola, altruista
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