A PENAS diez kilómetros separan a Idocin y Otano, dos pequeños pueblos asentados a la sombra de la Higa de Monreal. La enorme pirámide de roca marca también los lindes entre los valles de Elorz e Izagaondoa En este territorio próximo a Pamplona nacieron dos de los guerrilleros más notables en la lucha contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Por orden cronológico, Francisco Espoz e Ilundain vio la primera luz el 17 de junio de 1781 en Idocin; Francisco Javier Martín Mina Larrea nació ocho años después en Otano, pueblo pegado a las faldas de la sierra de Alaiz.
Sobre el día y mes del alumbramiento de éste no existe unanimidad de criterio entre los historiadores: unos apuntan que fue en julio y otros en diciembre. Nadie pone en cuestión, sin embargo, la relación familiar entre ambos, ya que Xavier Mina (como firmaba sus escritos, según el historiador Manuel Ortuño Martínez) era sobrino de Francisco, quien adoptó, ya avanzada la contienda, el segundo apellido de su padre. Desenmascarada la invasión y desatada la contienda, las tropas francesas tardaron poco tiempo en asentarse en el Valle de Elorz, ubicando una primera guarnición de tropas en Noáin en 1808. Para entonces, Espoz y Mina y Mina El Mozo ya habían decidido pasar a la acción. El más joven, que entonces rondaba los 19 años, se había incorporado a la resistencia siguiendo los consejos del coronel retirado Juan Carlos de Aréizaga, a quien cuentan que conoció durante su etapa estudiantil en el Seminario de Pamplona.
Su tío, por su parte, se enroló en el destacamento liderado por el inglés Doyle. Cuentan que la actitud de las tropas francesas era francamente hostil hacia los navarros que no colaboraban con sus planes. En el Valle de Elorz se registraron numerosos actos de vandalismo, destacando los saqueos acaecidos en Noáin y en Guerendiain, pueblo muy cercano a Otano. En este escenario, quienes comenzaron a practicar una guerra de guerrillas pasaron a capitanear un ejército en toda regla. En agosto de 1809, Xavier Mina organizó el grupo de voluntarios conocido como Corso Terrestre de Navarra, al que se incorporó su tío tras la capitulación de Jaca. Casi en la cola sur de la sierra de Alaiz, en El Carrascal, Mina El Mozo estableció un campamento al que día a día llegaban más hombres, alcanzando en pocas semanas la cifra de doscientas unidades. Los enfrentamientos con las tropas bonapartistas eran constantes. El Ejército de guerrilleros crecía tanto en volumen humano como animal: tras apoderarse de 80 caballos en Lumbier, Mina creó la Caballería del Corso. La sierra de Tajonar separa levemente los valles de Elorz y de Aranguren.
En Labiano estaba refugiado Xavier Mina cuando fue cercado y detenido en marzo de 1810. Habían transcurrido dos años de guerra y la fama del estratega había crecido tanto como la capacidad de su ejército, que llegó a reunir a 1.200 hombres de Infantería y 150 de Caballería, a los que denominó como Primero de Voluntarios de Navarra. Mina tenía en jaque a las fuerzas de Bonaparte, quien ordenó al general Harispe un navarro al servicio de los intereses de Francia su captura. Sin embargo, Mina le asestó una severa derrota en las cercanías de Tudela. Pero la caza y captura no se detuvo hasta que, por fin, fue hecho prisionero y, tras ser encarcelado en Bayona, fue conducido a París otorgándosele tratamiento de prisionero de Estado. El encarcelamiento de su sobrino depositó en las espaldas de Espoz y Mina el mando de un ejército de 3.000 hombres con el que desarrollaría una brillante carrera bélica y una imparable ascensión en el escalafón militar, llegando a ostentar el grado de mariscal de campo (1812) al final de la contienda.
Defensa del liberalismo Tío y sobrino compartían una formación liberal, de ahí que la llegada al poder de Fernando VII y la restauración del absolutismo les empujara a planear echarse al monte de nuevo. Mina El Mozo, que había abandonado la prisión de París tras la entrada en la capital francesa de las tropas de Prusia y Rusia, acompañó a su tío en la conspiración de Pamplona (1814), pero el fracaso de su empeño les obligó a exiliarse a Francia. Fue ahí donde comenzaron a separarse sus caminos: Espoz y Mina se embarcaría hasta su muerte en la defensa de la causa liberal y su sobrino, tras pasar un corto periodo de tiempo en Londres, cruzaría el Atlántico para convertirse en figura señera y héroe de la independencia de México.
Espoz y Mina llegaría a ostentar el cargo de Virrey de Navarra y a tener que enfrentarse, tras la coronación de Isabel II, con las tropas carlistas que, paradojas de la historia, gozaban entonces de todas las simpatías en el Valle de Elorz que tan familiar le era. Un destacamento liberal fue atacado por los correligionarios del aspirante al trono de España en 1935, y el propio Espoz y Mina sufrió la derrota a manos del general Zumalacárregui. Unos pocos años después, el 14 de diciembre de 1836, fallecía en Barcelona.
También murió lejos de su tierra y de su valle Mina el Mozo, aunque trasladando a México su lucha contra el absolutismo. Allí acudió al frente de una expedición de apoyo al general Morelos, pero fue hecho prisionero y fusilado en noviembre de 1817 en Sierra de Pénjamo, en el Guajanuato. Su paso por México fue breve, pero la intensidad de su compromiso con las libertades le convirtió en un héroe, siendo hoy su figura recordada en la Columna de la Independencia de México, en calles y plazas del país e incluso dando nombre al aeropuerto de Tampico. Su idealismo inspiró a Pablo Neruda unos versos en su Canto General y su nombre es también objeto de culto por los nuevos bolivarianos.
¿Guerrilleros o bandidos? La guerra es terreno abonado a las atrocidades y a la anarquía. Quienes se presentaban como guerrilleros no eran, en ocasiones, sino simples bandidos. Como Juan Hernández, El Pelao, un vecino de Viana que llegó a realizar saqueos en su propio pueblo, además de cometer asesinatos.
El Pelao, que dispuso de hasta cien caballos, vio incrementada su partida tras la disolución del Corso Terrestre. Aunque a regañadientes, unió sus fuerzas a las de Espoz y Mina para librar combates contra el francés. Sin embargo, aquél le acabaría fusilando.