ÓMESE una sala judicial adecuadamente fundamentalista en lo religioso. No parece difícil encontrarlas, por lo que se ve, y por más que nos pueda sorprender, en este país. Júntese con una adecuada campaña promovida desde asociaciones no menos fundamentalistas. Sea el objeto que se va a considerar delictivo una asignatura pacata, bonachona, y demasiado connivente con los poderes fácticos terrenales y ultraterrenos (o sea, ultramontanos) que pretende hacer ciudadanos de los escolares en edad de recibir la educación obligatoria. Sea la excusa un valor que parece primar la opción de unos padres (y madres, aceptarán incluso ellos, aunque a regañadientes) para transmitir sus credos y moralidades a la siguiente generación, por encima, aparte o incluso enfrentándose a los derechos que han de ser garantizados por el Estado de libertad, igualdad y demás zarandajas. Agítese en sede judicial, fállese y consígase así, ante la sorpresa y vergüenza de la gente de bien que los temarios en la susodicha asignatura, de nombre Educación para la Ciudadanía, aparezcan prohibidos en un fallo, diciendo que las cuestiones relacionadas con el género (ya saben, lo de las chicas y los chicos), la homosexualidad (ya saben, mariconadas varias), y las opciones vitales (ya saben también, suicidios innombrables bajo el nombre de eutanasia y demás) no pueden ser enseñadas en clase. Es decir, con la receta perfecta que han aplicado ayer en Andalucía, no se debe mostrar a los futuros ciudadanos lo injusto que es mantener estereotipos homófobos, discriminar por razón del sexo y demás. Que "la escuela debe huir de una simplificación en la definición de las identidades", sea eso lo que en esa sala judicial han tenido a mal fallar. Es decir, que nadie se atreva a avisar que vivimos en un país que entiende que la discriminación por razón de sexo, de sexualidad, de opción vital va en contra de las libertades y derechos de la ciudadanía. Que simplemente por ser padre (o madre) uno puede engañar a su prole con ideologías que atentan contra los derechos humanos, porque la ley y la democracia se deben arrodillar ante el fundamentalismo católico. Pues vaya mierda de receta...