pamplona. ¿CÓMO contar el making of de un auzolan literario? ¿Tiene alguna
explicación un relato colectivo construido a txandakas? ¿Alguien
acabará entendiendo esta korrika contra reloj y sobre el teclado
que comenzó el viernes y acaba hoy, en la que cada uno de nuestros
columnistas de la última página se ha ido pasando el testigo
de un cuento autogestionado?
Lo bueno que tienen las letras es que se explican por sí solas.
Por eso, el lector/a juzgará por sí mismo el resultado de este
pequeño juego en el que DIARIO DE NOTICIAS embarcó a sus articulistas
con motivo del Día del Libro. Un envite que fue aceptado gustosamente
y que ahora devuelven con un envido más.
En el principio fue el verbo. Salió de la librería sin mirar
hacia atrás... Una inocente frase que se lanzó desde esta Redacción
al primero de la lista, Javier Armentia, sin otro límite que
ajustarse al espacio convenido de 2.000 ó 2.500 caracteres. Lo
que ha sucedido entre ese instante y el momento en el que Fernando
Chivite, uno de los escritores más reputados de Navarra, pusiera
el punto y final (o mejor dicho punto y seguido porque nuestra
intención es colgar en la web www.noticiasdenavarra.com el relato
para que lo continúen los lectores) a este pequeño monstruo literario
pertenece a la magia de las palabras y a la libertad del ser
humano para imaginar. La criatura, bautizada por quien cerró
la serie como El regalo, enseguida cobró vida por sí misma y
se les fue –se nos fue.– de las manos.
Lo de menos es realmente el resultado. Lo importante era participar.
Y sobre todo rendir un pequeño homenaje en este día a la creación
literaria, al secreto de contar cosas con palabras y crear ambientes,
personajes y mundos imaginarios. Aunque cada uno se retrata,
en este caso, al ser una obra colectiva, es más complicado adjudicar
paternidades y maternidades. Realmente este pequeño microrrelato
no pertenece a nadie y es de todos. Cada autor se encontraba
en su ordenador un mensaje de correo con un adjunto y un recado
parecido: "Ahí te va eso, a ver por dónde sales...". Y salían
del atolladero y pasaban el testigo al siguiente de la lista.
Hasta hoy que llega al kiosco. En plena globalización literaria
la experiencia muestra que Internet (herramienta clave) conecta
con algo tan propio como es la filosofía del auzolan (trabajo
en común sin ánimo de lucro) o la técnica de nuestros queridos
bertsolaris, que tienen que reaccionar con rapidez y construir
una historia cantada ante una situación que les es dada de improviso.
Agradecemos de antemano a los columnistas, su disposición y a
los lectores, su curiosidad por leer este pequeño Frankenstein
que busca fomentar y democratizar algo tan maravilloso como jugar
con las palabras y contar historias. De hecho, el final de Chivite
es en realidad el principio tu relato on line: "Que cada cual
piense lo que quiera"... Envíalo a cultura@noticiasdenavarra.com.
Que no se rompa la cadena.
I (javier armentia)
SALIÓ DE LA LIBRERÍA SIN MIRAR HACIA ATRÁS... no fuera a cruzarse
su mirada con la de él. El problema es que tampoco miraba para
adelante en ese momento de cruzar el zaguán, así que se dio de
bruces con un enorme bulto que debía ser alguien entrando en
la librería. Aunque no recordara demasiado bien las clases de
Física del instituto, eso de la conservación del impulso y la
enorme injusticia de la mecánica hacia las moscas que chocan
contra un tren, algo que siempre le venía a la cabeza cuando
"la de Física", una profesora anodina e intrínsecamente odiosa,
intentaba que una clase que había decidido ya años antes que
nada les iba a impedir disfrutar del mundo aprendiera algo de
las leyes de Newton, sin conseguirlo, en ese momento, con la
cara de su profesora en medio del mapa mental en el que había
así conseguido eliminar la imagen de él apostado en el anaquel
con los libros de autoayuda, además eso, caer en mirar esa parte
abyecta del negocio editorial, y él precisamente, y hoy más precisamente
aún, justo en ese momento todo el Universo se giró, es decir,
ella misma, completamente pegada como una mosca al bulto que
entraba en la librería y con él, o más exactamente debajo de
él, cayó estrepitosamente en la enorme alfombra de coco artificial
que cubría la entrada. Luego no vio nada.
No podía ver nada. Quizás tampoco sentía nada. El bulto de la
entrada se la había llevado por delante y quizá las leyes de
la Física dudaron un momento entre hacer un choque completamente
elástico, de manera que ella habría salido volando hacia atrás,
justo para darse contra él, contra los libros de autoayuda y
acaso contra ese enorme troquelado de un niño mago con gafas
de pasta que abría la sección de literatura de éxito, o bien
unir las masas y convertir el choque en uno completamente inelástico,
como aquella difunta mosca contra el tren, que era sin duda la
opción finalmente elegida. Y ambos estaban entrelazados en el
suelo, ella en una situación más comprometida que risible, comenzando
a notar en alguna parte de lo que era su universo en ese momento
un destello de dolor que subía imparable creando una explosión
en colores, un sonido espantoso que hacía vibrar todo, el espacio
y el tiempo. Estaba viva, porque le dolía, y porque ahora mismo
se había dado cuenta de que le era imposible respirar. Entonces
el Universo le habló:
-¿Lucía, eres tú?
II (xabi Larrañaga)
Lucía recordó de súbito que la comida favorita de aquel hombre
era la ensalada simple. Así le llamaba, tomates troceados, chorretón
de aceite, granizada de ajos y caspa de sal. El golpe del aliento
en su cara fue tan salvaje que le vino a la memoria el sabor
infame de aquella lengua en su primer encontronazo y en todas
las citas que le siguieron.
Cabeza de ajo, les confesó a sus amigas, ese tío es una cabeza
de ajo andante, da piquitos agropecuarios, muerdos agrícolas,
tornillazos hortícolas, amor de campo. Ella guardaba suplementos
literarios y conocía muchas palabras pero pocos significados,
y sabía que roble se dice haritz en vasco, oak en inglés y dub
en checo, pero en realidad jamás había tocado un roble ni lo
podía describir. Tampoco había tocado un checo pero al menos
sí podía describirlo: rubio, alto, inteligente, 23 centímetros.
Eso leyó en el chat y no llegaron a más.
Lo tuyo es la lengua teórica, le solía espetar él, y lo mío es
la práctica lengua, añadía mientras la abrazaba en un hotel de
Navarrete. Es un imbécil, gritó ella cuando se enteró, odio esa
boca lanzallamas, odio esas manos como rastrillos, odio esa sonrisa
que no es gajo de sandía sino curva de puñal, pero lo que más
odiaba era esa manía de ponerse metafórica cuando desde su estómago,
su hígado y sus bragas el géiser que le surgía era muy transparente:
ese cabrón es un auténtico hijo de puta. ¡Tú lo has dicho!, le
contestó el espejo, ¡que le den por el culo a ese canalla!, pero
al acostarse se vino abajo porque la almohada aún olía a invernadero
de Murcia, tabaco de ladrillo y dientes de maíz.
Recordó más, recordó polvos raudos y clandestinos, paseos con
las moscas cerca de Logroño, aquella canción chabacana –Navarrete,
Navarrete, va y se la mete, va y se la mete–, recordó que se
había prometido no bajar la guardia ante las prisas que enciende
la soledad, no ceder ante cualquiera que le regalara dos píldoras
de cariño, te mereces más, tía, te mereces más, pero la prevención
fue insuficiente. Cayó una tarde de agosto ante aquel saco de
ajos que casi la aplastaba en el suelo de la librería. Era él.
Quiso responderle cabrón, hijo de puta, y darle donde más le
duele, follabas como un tejón chipriota, como una puta mosca
de Navarrete, te odio, te odio, te odio, por qué no me lo contaste
antes, o mirarle con extrañeza, lo siento, no sé quién es usted,
pero al sacudirse la falda sólo le salió lo que no debía salirle:
–¡Cuánto tiempo, sí, claro que soy yo! ¿Tomamos un café?
III (Elvira obanos)
"Tomar un café. Vaya idea más estúpida", piensa ahora mientras
se repasa el carmín apoyada en el borde del lavabo. Piensa también
si al resto del mundo le pasan las cosas que a ella le pasan.
Que te arrolle tu pasado, cuando huyes para no enfrentarte a
tu futuro. Y en el presente, la escena más ridícula posible que
ahora recuerda con una tibia sonrisa, echando atrás su media
melena. Ella sentada en el suelo de la entrada de la librería,
invitando a un café a un hombre con el que no terminó demasiado
bien hace dos años, mientras desde la sección de libros de autoayuda
llega a prestar auxilio Ernesto, del que había conseguido esconderse
hace un momento, y que no entiende nada de lo que está viendo.
Lucía que se levanta y le da las gracias esquivando su mirada
como si fuera un desconocido, mientras sale de la librería con
un tipo al que invita a tomar algo, parece que para celebrar
un reencuentro.
Ha sido una tarde extraña y Lucía está cansada. Cansada de esta
tarde y de algunas más. Si hace un año le hubiesen dicho que
iba a encontrarse a Alberto, habría tenido muchas cosas que echarle
en cara, pero el café de esta tarde le ha servido al menos para
darse cuenta de que ya no tenía nada que decirle. Ha sido Alberto
el que le ha contado su vida en estos dos años, la ruptura de
su matrimonio y no sé cuántas más milongas. Ella ha hecho como
que escuchaba, mientras por el ventanal veía a Ernesto salir
de la librería con un paquete de regalo y dirigirse a este mismo
café. Maldita casualidad.
Lucía se mira en el espejo. Tiene casi 35 años y una agotadora
confusión sentimental. Su afición común por la literatura les
llevó a conocerse hace algunas semanas, pero no tuvo claro que
Ernesto estuviera interesado en ella. Sin embargo, él le llamó
para verse precisamente esta noche y después de la escena de
la librería, viéndolo acercarse, le ha gustado imaginar que ese
regalo fuese para ella. Ha vuelto a salir corriendo, esta vez
al baño, dejando a Alberto casi con la palabra en la boca y con
un "perdona, vuelvo en un momento". No sabe bien cuánto tiempo
ha estado aquí, ante el espejo, pero sabe que no podrá estar
mucho más, así que recoloca el escote de su blusa, dispuesta
a terminar el encuentro con Alberto y a dar una explicación a
Ernesto que le haga parecer mínimamente normal.
Desde el fondo del café, con la mano aún en la manilla de la
puerta, Lucía se queda helada, aún en esta tarde de agosto. En
la mesa que compartía con Alberto, Ernesto cambia impresiones
con él.
IV (jorge nagore)
Pues mira, Ernesto, ya lo siento, pero aquí la Lucía es lo que
se conoce como una turboputa..-Ya te pillo.
-Tú a mí no me pillas ni las entradas del teatro. Ojo avizor,
ojo a babor y ojo vago, que ésta es de las que no te chupan la
nómina, porque no la tienes, o la tienes pequeña, como todo lo
demás, pero en cuanto te descuidas te echan en cara el fracaso
de su vida. Es una pasiva agresiva, es peor que el gas mostaza,
es peor incluso que la mostaza sola.
-Pues a mí me gusta, al menos lee.
-Ése es el problema de los hombres como tú y como yo, que nos
creemos las cosas cuando salen de una boca carnosa, pero tú créeme,
ésta es peor que Alkorta y Andrinúa de centrales, es Eduardo
Noriega haciendo de Hamlet.
-A ti lo que te pasa es que estás celoso, lo que te pasa es que
te hubiese gustado casarte con ella, ponerla de espaldas a la
pared y en esa posición ver la saga completa de La Jungla de
Cristal, leer Guerra y Paz y poner la discografía completa de
Alberto Cortez.
-Eso fue antes, antes de la lobotomía, antes de que me diera
cuenta de que hay personas que entran en las librerías para hacerse
las interesantes, para ojear los libros que jamás leerán, para
hacerte creer que son algo distinto, para, en definitiva, darte
por culo y dejar la margarina en la tostada y luego comérsela
y que encima les invites.
-Eres una persona abyecta, Alberto.
-Antes abyecto que muerto, Ernesto. En serio, Lucía es un hit
parade de la maldad encubierta y sin testigos. Cuando te quieras
dar cuenta estarás lamentando el día en el que la conociste,
la noche de autos, la tarde de karts y la mañana de goitibeheras.
Hazte un favor, vete a Zanzíbar, conquista Albania, desaparece.
-No lo vas a conseguir, Alberto, es la mujer de mi vida.
-Eso decía mi madre de mi padre.
-Sería al revés.
-Vale, fue al revés.
-¿Y qué pasó?
-Un tren.
Lucía, a su vez, observa la escena sin subtítulos desde la puerta
del encharcado baño, que hay que ver la cantidad de líquido que
puede alojar un baño, piensa ella, Lucía, mientras contempla
a dos de los ciento cincuenta hombres más importantes de su vida
en los últimos tres años hablar de no se sabe qué como si ella
no supiera que, en el fondo, los dos le darían fuego a la cafetería,
a todos los libros de la biblioteca de Constantinopla y a 12
librillos de papel Bolleré para levantarse junto a ella el resto
de mañanas de su vida. Lucía sabe, en resumidas cuentas, que
todo esto es un juego y que, antes o después, ella va a ganar,
sea cual sea el premio, sea cual sea el castigo.
-Sabes qué te digo, Ernesto.
-Dime, Alberto.
-¿Echamos un mus?
V (aingeru epaltza)
No había baraja en la cafetería, así que decidieron cambiar de
parroquia. Lucía, desde la puerta del baño, observó como los
dos hombres forcejeaban por pagar la cuenta. Como era previsible,
el primo acabó siendo Ernesto. Se disponía a seguirles, pero
antes tuvo que rechazar la oferta de un exitoso empresario, antiguo
sindicalista, que salía del váter de caballeros abrochándose
la bragueta.
–¿Qué haces aquí, reyna del Norte, no te gustaría jugar a piratas
navegando conmigo por el Canal de Navarra?
–Dile al memo de tu jefe de prensa que renueve sus lecturas.
Reverte ya murió. Sólo Zafón vive.
En la calle, Lucía dejó que su instinto la guiara. Una parte
de sí ardía de furia por el plantón que le habían propinado.
A la otra, un cosquilleo le recorría los muslos sólo de pensar
en lo que se avecinaba.
No se equivocó. El olor a aceite frito mil veces reutilizado
llegaba hasta el exterior del garito. Dentro, media Brigada de
Obras del municipio batallaba por los oleaginosos chorizos de
la barra con la plana mayor de la Hacienda autonómica. Al fondo,
Ernesto y Alberto colocaban ya el tapete sobre una mesa. Lucía
ocupó la de al lado, pero no parecieron darse cuenta.
–Nada más verte ya sabía que lo de la librería era puro paripé
–le oyó decir a Alberto.
–¿Y tú? ¿Cuál fue tu último libro? –respondió Ernesto a su contrincante–.
¿El Pascual Duarte de 4º de ESO?
–No lo leí. Copié el resumen del Google.
Un sentimiento cercano al ultraje se apoderó de Lucía. ¡Había
hecho sitio en su cama a un par de paletos que no leían una mierda!
La mirada de odio que se dirigieron mutuamente los dos hombres
produjo en la mujer una providencial comezón en la entrepierna
cuando ya estaba a punto de abandonar el local. Resolvió quedarse.
Lo decidió el primer rey: Ernesto repartiría; Alberto sería mano.
-Lo dicho: a una sola de ocho –sacudió éste el platillo de las
fichas.
Hubo tres descartes antes de que el mismo Alberto cortara el
juego.
-Paso a grande.
-Y yo.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. En la barra, los
de la Brigada de Obras habían establecido una tregua con los
de Hacienda. La grasa se derramaba sin distinción de clases por
monos y corbatas, mientras los clientes permanecían absortos
en la tragedia que se estaba desarrollando al fondo del local.
-A chica también paso.
Ernesto pareció dudar.
-Paso –dijo finalmente.
-Pares no.
-Llevo.
Por primera vez, el rostro de Alberto dibujó una mueca. Sólo
fue un segundo.
-Juego sí. Bonito, además –sonrió.
-Yo también.
A Lucía ráfagas de calor se le proyectaban por donde la ingle.
-Diez.
-Todas.
-A verlas.
VI (javier eder)
DEL CONCIERTO DE DYLAN NI ME HABLES –dice el excéntrico con gafas
de pasta que en el extremo de la barra próximo a la salida, en
claro contraste con el resto de la carnívora parroquia, devora
algo dulce–. Más te voy a decir –prosigue el de las gafas, dirigiéndose
al camarero, un estoico–: al concierto va ir Rita, alias la Encantadora.
El estoico muestra de golpe un ostensible interés por el pastelón
de pasas que ha servido al excéntrico. Hasta el punto de que,
no conforme con mirar detenidamente el manjar, acerca la nariz
al mismo y hace un mohín olfativo.
-¿Le pasa algo al pastel? –inquiere el gafapasta.
-Que igual hoy le hemos puesto tigre –replica el camarero–, pero
no le veo rayas ni huelo nada raro.
-Tú te acordarás de aquella de Dylan, ya sabes cuál digo, la
de los animales.
El camarero hace repicar sus dedos sobre la cafetera y empieza
a musitar: "Man gave names to all the animals, con su bikini,
con su bikini".
-Ya veo –sentencia el excéntrico– que en el concierto vais a
estar un animal de cada especie, como in the beginning. Y en
el palco de vips estarán todos los sabinianos que conocen a Dylan
por Sabina, con Sanz a la cabeza, en plan rey de la selva… La
Barcina irá de pava real, para no variar.
-Si me lo pones así –apostilla el camarero impasible–, igual
me echo atrás.
-¡Chavalote! –berrea uno de los de Hacienda, atizándole un sonoro
manotazo al mostrador– ¡Eh, melenas! Cuando puedas, sácate otra
de callos; anda, majo.
Mientras el camarero se pega al grasiento interfono –"¡Oootra
de callos!"–, el excéntrico piensa que es el momento de encenderse
un cigarrito y volver a la librería. Con la primera bocanada
fija la vista en el fondo del idílico local. Allí hay un par
de mastuerzos enzarzados en una discusión por un quítame ahí
ese hamarreko. Uno es el patoso que ha entrado a la librería
en busca de una guía de chatear. El otro es el que le ha preguntado
por "algún libro bonito, tipo Isabel Allende o así, para un regalo
especial". Junto a ellos ve a una clienta habitual: la que suele
preguntarle si hay algo nuevo, "del estilo de Isabel Allende".
La ve, en tan dorado escenario, con un aura mitológica: como
quien ve a París –en versión femenina– en el tris de decidirse
entre Hera, Atenea y… "Atiza –se dice–: falta Afrodita". Afrodita,
obviamente, podría ser él. Apaga el cigarrillo, deja caer unas
monedas sobre el mostrador y, decidido, echa a andar. Decidido,
¿a qué? Andar, ¿hacia dónde?
VII (F.L. Chivite)
Al final no hubo juicio en parís. Ni escena de celos entre amantes
de ayer y de hoy. Ni loca performance erótico festiva en grupo
improvisado. Pero bueno. Con frecuencia el destino se complace
en desperdiciar las mejores oportunidades. Las más audaces y
bizarras fantasías. Aunque, quién sabe si no será para bien.
En cualquier caso, permítanme ahora intentar desenredar todo
esto con un mínimo de delicadeza y confianza en las leyes naturales.
A la vida le gusta complicarse, no es ningún secreto. Amamos
la sencillez, de acuerdo. Pero la combatimos con fiereza. En
fin, para empezar, dejemos que el excéntrico de las gafas un
poco demasiado grandes se largue de una vez. El tipo no ha tenido
suerte en la vida. En nada. Y lo compensa con una ingesta excesiva
de productos azucarados. Cosa que no le sirve precisamente de
ayuda en lo que al fortalecimiento del carácter se refiere. Vamos
a ver. No pretendo cebarme con él, pero todo le sale chungo.
Las mujeres le abandonan. Se alejan demasiado pronto. Detectan
algo. La verdad es que al andar se escora un poco. Se le escurre
la lengua en los fonemas fricativos. Y pestañea en exceso. Además,
hace cosa de unos meses (y después de diez años de dedicación
casi absoluta), acabó una novela titulada El extraño grimorio
de la cripta, acerca de un misterioso manuscrito de magia negra
hallado en una tumba cercana a la catedral de Tudela. Un auténtico
ladrillo infumable. Intentó colocarlo en editoriales y certámenes
pero lo único que ha sacado de ahí ha sido humillación. En torno
a la literatura hay cantidad de historias patéticas, miseria
a raudales, pobreza moral, no sé si me explico. Dejemos pues
que se engolfe a gusto en los descampados periféricos. Que se
compre un perro y lo saque a pasear. Probablemente, eso no es
lo peor a lo que podría dedicarse.
Por lo que respecta a los jugadores de cartas, fíjense en ellos.
¿No notan algo raro? Si los observan con atención, comprobarán
que la partida es lo de menos. ¿Qué importancia puede tener un
triste órdago cuando entre tanto brota el verdadero amor? Ni
siquiera llamarse Ernesto tiene ya la menor importancia. Se han
mirado a los ojos en silencio y de repente han visto claro. Y
han comprendido que la suerte de los seres humanos sobre la faz
de la tierra no tiene por qué ser siempre y en todo momento turbulenta
y esquiva. Elevémonos un poco para echar un vistazo al azaroso
devenir. Ernes y Alber abandonan el local albardados en albricias
y furor primaveral. Seis meses más tarde los vemos en el barrio
de Gros, de Donosti con camisas ceñidas y el pelo engominado.
Parecen radiantes. Acaban de abrir una tienda de antigüedades
llamada Goitibeheras de antaño y han organizado una bonita velada
de inauguración. Quizá todo parezca indicar que se abre ante
ellos una etapa de prosperidad. Pero nada de eso. El negocio
será una ruina, con pena lo digo. Aguantarán tres años de mala
manera y al final se tirarán los trastos a la cabeza y se separarán.
¿Qué quieren? Las cosas son así. Ernes se verá obligado a acudir
a sesiones de terapia ocupacional con ayuda de ansiolíticos y
Alber regresará al pueblo para vivir con sus padres y cultivar
las alegrías de la huerta como anhelaba el dulce Cándido.
Pero dejemos a un lado los aspectos secundarios y abordemos de
una vez la cuestión principal. Porque aquí lo principal es la
chica. ¿Se puede entrar de culo en una historia y salir siendo
la estrella? Se puede, amigos. No pierdan la esperanza. Lucía
seguía allí. La habíamos dejado sentada en la penumbra. A mitad
de camino entre la perplejidad y el desengaño, ¿la recuerdan?
Pobrecita. Sin embargo, supo poner un poco de orden en su agitado
corazón y salir de las sombras cantando Forever Young no sin
un cierto encanto naif bastante meritorio dadas las circunstancias.
Y cuando llegó el día del concierto de Bob Dylan, sedujo en las
inmediaciones de la plaza a uno de los guitarristas del grupo,
un muchacho espigado de aspecto espiritual llamado Jim. Gracias
a eso, tuvo ocasión de compartir asiento en el palco de autoridades
y comprobar de cerca, no sin cierta tristeza, la mediocridad
de las élites. Y al día siguiente se fugó con él. Le dijo:
-Sácame de aquí. Llévame lejos, pequeño Jim. Hazme feliz.
Vivieron una bonita historia en la inopia del amor por los hoteles
del mundo. Se preguntarán, ¿duró mucho? ¿Fue realmente feliz,
después de todo? En fin. Tal vez lo fuera, eso nunca se sabe.
El caso es que voló. En alguna parte de esta historia quedó un
paquete olvidado sobre la mesa de un bar. Seguro que lo recuerdan.
Bien, ¿quieren conocer su contenido? Lo encontró el camarero
al recoger las mesas y lo abrió después del cierre. Y mentiría
si no dijera que se sorprendió, en la medida, claro, en que puede
sorprenderse un camarero. Porque no había un libro, como en algún
momento había llegado a imaginar. Sino unas esposas. Como lo
oyen. Unas malditas esposas de maniatar. ¿Qué les parece? De
eso fue, después de todo de lo que se libró la afortunada Lucía.
De modo que, desde una perspectiva optimista, podría decirse
que todo lo que ocurrió, ocurrió para bien. ¿No es eso? Que cada
cual piense lo que quiera.
¿CONTINUARÁ?