Miércoles 23 de abril de 2008 EL TIEMPO En Pamplona  Máx: 25º Mín: 12º
Suplementos Servicios FOROS CLASIFICADOS OSASUNA AGENDA
EL PERIÓDICO DE TODOS LOS NAVARROS
OPINIÓN SOCIEDAD POLÍTICA VECINOS ECONOMÍA DEPORTES MIRARTE
Cultura Agenda cultural Ocio Cartelera Comunicación Television
Qué mundo Horóscopo Humor Descargar Pdf
'El regalo', un auzolan literario
La literatura se puede entender de manera pasiva o activa. No siempre un buen lector es un buen escritor ni viceversa. Pero todos podemos ser autores. Aquí se reproduce un relato colectivo creado a turnos por nuestros columnistas en un homenaje a esta magia de las letras.
enviar a un amigo versión para imprimir texto normal texto medio texto grande

pamplona. ¿CÓMO contar el making of de un auzolan literario? ¿Tiene alguna explicación un relato colectivo construido a txandakas? ¿Alguien acabará entendiendo esta korrika contra reloj y sobre el teclado que comenzó el viernes y acaba hoy, en la que cada uno de nuestros columnistas de la última página se ha ido pasando el testigo de un cuento autogestionado?

Lo bueno que tienen las letras es que se explican por sí solas. Por eso, el lector/a juzgará por sí mismo el resultado de este pequeño juego en el que DIARIO DE NOTICIAS embarcó a sus articulistas con motivo del Día del Libro. Un envite que fue aceptado gustosamente y que ahora devuelven con un envido más.

En el principio fue el verbo. Salió de la librería sin mirar hacia atrás... Una inocente frase que se lanzó desde esta Redacción al primero de la lista, Javier Armentia, sin otro límite que ajustarse al espacio convenido de 2.000 ó 2.500 caracteres. Lo que ha sucedido entre ese instante y el momento en el que Fernando Chivite, uno de los escritores más reputados de Navarra, pusiera el punto y final (o mejor dicho punto y seguido porque nuestra intención es colgar en la web www.noticiasdenavarra.com el relato para que lo continúen los lectores) a este pequeño monstruo literario pertenece a la magia de las palabras y a la libertad del ser humano para imaginar. La criatura, bautizada por quien cerró la serie como El regalo, enseguida cobró vida por sí misma y se les fue –se nos fue.– de las manos.

Lo de menos es realmente el resultado. Lo importante era participar. Y sobre todo rendir un pequeño homenaje en este día a la creación literaria, al secreto de contar cosas con palabras y crear ambientes, personajes y mundos imaginarios. Aunque cada uno se retrata, en este caso, al ser una obra colectiva, es más complicado adjudicar paternidades y maternidades. Realmente este pequeño microrrelato no pertenece a nadie y es de todos. Cada autor se encontraba en su ordenador un mensaje de correo con un adjunto y un recado parecido: "Ahí te va eso, a ver por dónde sales...". Y salían del atolladero y pasaban el testigo al siguiente de la lista. Hasta hoy que llega al kiosco. En plena globalización literaria la experiencia muestra que Internet (herramienta clave) conecta con algo tan propio como es la filosofía del auzolan (trabajo en común sin ánimo de lucro) o la técnica de nuestros queridos bertsolaris, que tienen que reaccionar con rapidez y construir una historia cantada ante una situación que les es dada de improviso.

Agradecemos de antemano a los columnistas, su disposición y a los lectores, su curiosidad por leer este pequeño Frankenstein que busca fomentar y democratizar algo tan maravilloso como jugar con las palabras y contar historias. De hecho, el final de Chivite es en realidad el principio tu relato on line: "Que cada cual piense lo que quiera"... Envíalo a cultura@noticiasdenavarra.com. Que no se rompa la cadena.

I (javier armentia)

SALIÓ DE LA LIBRERÍA SIN MIRAR HACIA ATRÁS... no fuera a cruzarse su mirada con la de él. El problema es que tampoco miraba para adelante en ese momento de cruzar el zaguán, así que se dio de bruces con un enorme bulto que debía ser alguien entrando en la librería. Aunque no recordara demasiado bien las clases de Física del instituto, eso de la conservación del impulso y la enorme injusticia de la mecánica hacia las moscas que chocan contra un tren, algo que siempre le venía a la cabeza cuando "la de Física", una profesora anodina e intrínsecamente odiosa, intentaba que una clase que había decidido ya años antes que nada les iba a impedir disfrutar del mundo aprendiera algo de las leyes de Newton, sin conseguirlo, en ese momento, con la cara de su profesora en medio del mapa mental en el que había así conseguido eliminar la imagen de él apostado en el anaquel con los libros de autoayuda, además eso, caer en mirar esa parte abyecta del negocio editorial, y él precisamente, y hoy más precisamente aún, justo en ese momento todo el Universo se giró, es decir, ella misma, completamente pegada como una mosca al bulto que entraba en la librería y con él, o más exactamente debajo de él, cayó estrepitosamente en la enorme alfombra de coco artificial que cubría la entrada. Luego no vio nada.

No podía ver nada. Quizás tampoco sentía nada. El bulto de la entrada se la había llevado por delante y quizá las leyes de la Física dudaron un momento entre hacer un choque completamente elástico, de manera que ella habría salido volando hacia atrás, justo para darse contra él, contra los libros de autoayuda y acaso contra ese enorme troquelado de un niño mago con gafas de pasta que abría la sección de literatura de éxito, o bien unir las masas y convertir el choque en uno completamente inelástico, como aquella difunta mosca contra el tren, que era sin duda la opción finalmente elegida. Y ambos estaban entrelazados en el suelo, ella en una situación más comprometida que risible, comenzando a notar en alguna parte de lo que era su universo en ese momento un destello de dolor que subía imparable creando una explosión en colores, un sonido espantoso que hacía vibrar todo, el espacio y el tiempo. Estaba viva, porque le dolía, y porque ahora mismo se había dado cuenta de que le era imposible respirar. Entonces el Universo le habló:

-¿Lucía, eres tú?

II (xabi Larrañaga)

Lucía recordó de súbito que la comida favorita de aquel hombre era la ensalada simple. Así le llamaba, tomates troceados, chorretón de aceite, granizada de ajos y caspa de sal. El golpe del aliento en su cara fue tan salvaje que le vino a la memoria el sabor infame de aquella lengua en su primer encontronazo y en todas las citas que le siguieron.

Cabeza de ajo, les confesó a sus amigas, ese tío es una cabeza de ajo andante, da piquitos agropecuarios, muerdos agrícolas, tornillazos hortícolas, amor de campo. Ella guardaba suplementos literarios y conocía muchas palabras pero pocos significados, y sabía que roble se dice haritz en vasco, oak en inglés y dub en checo, pero en realidad jamás había tocado un roble ni lo podía describir. Tampoco había tocado un checo pero al menos sí podía describirlo: rubio, alto, inteligente, 23 centímetros. Eso leyó en el chat y no llegaron a más.

Lo tuyo es la lengua teórica, le solía espetar él, y lo mío es la práctica lengua, añadía mientras la abrazaba en un hotel de Navarrete. Es un imbécil, gritó ella cuando se enteró, odio esa boca lanzallamas, odio esas manos como rastrillos, odio esa sonrisa que no es gajo de sandía sino curva de puñal, pero lo que más odiaba era esa manía de ponerse metafórica cuando desde su estómago, su hígado y sus bragas el géiser que le surgía era muy transparente: ese cabrón es un auténtico hijo de puta. ¡Tú lo has dicho!, le contestó el espejo, ¡que le den por el culo a ese canalla!, pero al acostarse se vino abajo porque la almohada aún olía a invernadero de Murcia, tabaco de ladrillo y dientes de maíz.

Recordó más, recordó polvos raudos y clandestinos, paseos con las moscas cerca de Logroño, aquella canción chabacana –Navarrete, Navarrete, va y se la mete, va y se la mete–, recordó que se había prometido no bajar la guardia ante las prisas que enciende la soledad, no ceder ante cualquiera que le regalara dos píldoras de cariño, te mereces más, tía, te mereces más, pero la prevención fue insuficiente. Cayó una tarde de agosto ante aquel saco de ajos que casi la aplastaba en el suelo de la librería. Era él.

Quiso responderle cabrón, hijo de puta, y darle donde más le duele, follabas como un tejón chipriota, como una puta mosca de Navarrete, te odio, te odio, te odio, por qué no me lo contaste antes, o mirarle con extrañeza, lo siento, no sé quién es usted, pero al sacudirse la falda sólo le salió lo que no debía salirle:

–¡Cuánto tiempo, sí, claro que soy yo! ¿Tomamos un café?

III (Elvira obanos)

"Tomar un café. Vaya idea más estúpida", piensa ahora mientras se repasa el carmín apoyada en el borde del lavabo. Piensa también si al resto del mundo le pasan las cosas que a ella le pasan. Que te arrolle tu pasado, cuando huyes para no enfrentarte a tu futuro. Y en el presente, la escena más ridícula posible que ahora recuerda con una tibia sonrisa, echando atrás su media melena. Ella sentada en el suelo de la entrada de la librería, invitando a un café a un hombre con el que no terminó demasiado bien hace dos años, mientras desde la sección de libros de autoayuda llega a prestar auxilio Ernesto, del que había conseguido esconderse hace un momento, y que no entiende nada de lo que está viendo. Lucía que se levanta y le da las gracias esquivando su mirada como si fuera un desconocido, mientras sale de la librería con un tipo al que invita a tomar algo, parece que para celebrar un reencuentro.

Ha sido una tarde extraña y Lucía está cansada. Cansada de esta tarde y de algunas más. Si hace un año le hubiesen dicho que iba a encontrarse a Alberto, habría tenido muchas cosas que echarle en cara, pero el café de esta tarde le ha servido al menos para darse cuenta de que ya no tenía nada que decirle. Ha sido Alberto el que le ha contado su vida en estos dos años, la ruptura de su matrimonio y no sé cuántas más milongas. Ella ha hecho como que escuchaba, mientras por el ventanal veía a Ernesto salir de la librería con un paquete de regalo y dirigirse a este mismo café. Maldita casualidad.

Lucía se mira en el espejo. Tiene casi 35 años y una agotadora confusión sentimental. Su afición común por la literatura les llevó a conocerse hace algunas semanas, pero no tuvo claro que Ernesto estuviera interesado en ella. Sin embargo, él le llamó para verse precisamente esta noche y después de la escena de la librería, viéndolo acercarse, le ha gustado imaginar que ese regalo fuese para ella. Ha vuelto a salir corriendo, esta vez al baño, dejando a Alberto casi con la palabra en la boca y con un "perdona, vuelvo en un momento". No sabe bien cuánto tiempo ha estado aquí, ante el espejo, pero sabe que no podrá estar mucho más, así que recoloca el escote de su blusa, dispuesta a terminar el encuentro con Alberto y a dar una explicación a Ernesto que le haga parecer mínimamente normal.

Desde el fondo del café, con la mano aún en la manilla de la puerta, Lucía se queda helada, aún en esta tarde de agosto. En la mesa que compartía con Alberto, Ernesto cambia impresiones con él.

IV (jorge nagore)

Pues mira, Ernesto, ya lo siento, pero aquí la Lucía es lo que se conoce como una turboputa..-Ya te pillo.

-Tú a mí no me pillas ni las entradas del teatro. Ojo avizor, ojo a babor y ojo vago, que ésta es de las que no te chupan la nómina, porque no la tienes, o la tienes pequeña, como todo lo demás, pero en cuanto te descuidas te echan en cara el fracaso de su vida. Es una pasiva agresiva, es peor que el gas mostaza, es peor incluso que la mostaza sola.

-Pues a mí me gusta, al menos lee.

-Ése es el problema de los hombres como tú y como yo, que nos creemos las cosas cuando salen de una boca carnosa, pero tú créeme, ésta es peor que Alkorta y Andrinúa de centrales, es Eduardo Noriega haciendo de Hamlet.

-A ti lo que te pasa es que estás celoso, lo que te pasa es que te hubiese gustado casarte con ella, ponerla de espaldas a la pared y en esa posición ver la saga completa de La Jungla de Cristal, leer Guerra y Paz y poner la discografía completa de Alberto Cortez.

-Eso fue antes, antes de la lobotomía, antes de que me diera cuenta de que hay personas que entran en las librerías para hacerse las interesantes, para ojear los libros que jamás leerán, para hacerte creer que son algo distinto, para, en definitiva, darte por culo y dejar la margarina en la tostada y luego comérsela y que encima les invites.

-Eres una persona abyecta, Alberto.

-Antes abyecto que muerto, Ernesto. En serio, Lucía es un hit parade de la maldad encubierta y sin testigos. Cuando te quieras dar cuenta estarás lamentando el día en el que la conociste, la noche de autos, la tarde de karts y la mañana de goitibeheras. Hazte un favor, vete a Zanzíbar, conquista Albania, desaparece.

-No lo vas a conseguir, Alberto, es la mujer de mi vida.

-Eso decía mi madre de mi padre.

-Sería al revés.

-Vale, fue al revés.

-¿Y qué pasó?

-Un tren.

Lucía, a su vez, observa la escena sin subtítulos desde la puerta del encharcado baño, que hay que ver la cantidad de líquido que puede alojar un baño, piensa ella, Lucía, mientras contempla a dos de los ciento cincuenta hombres más importantes de su vida en los últimos tres años hablar de no se sabe qué como si ella no supiera que, en el fondo, los dos le darían fuego a la cafetería, a todos los libros de la biblioteca de Constantinopla y a 12 librillos de papel Bolleré para levantarse junto a ella el resto de mañanas de su vida. Lucía sabe, en resumidas cuentas, que todo esto es un juego y que, antes o después, ella va a ganar, sea cual sea el premio, sea cual sea el castigo.

-Sabes qué te digo, Ernesto.

-Dime, Alberto.

-¿Echamos un mus?

V (aingeru epaltza)

No había baraja en la cafetería, así que decidieron cambiar de parroquia. Lucía, desde la puerta del baño, observó como los dos hombres forcejeaban por pagar la cuenta. Como era previsible, el primo acabó siendo Ernesto. Se disponía a seguirles, pero antes tuvo que rechazar la oferta de un exitoso empresario, antiguo sindicalista, que salía del váter de caballeros abrochándose la bragueta.

–¿Qué haces aquí, reyna del Norte, no te gustaría jugar a piratas navegando conmigo por el Canal de Navarra?

–Dile al memo de tu jefe de prensa que renueve sus lecturas. Reverte ya murió. Sólo Zafón vive.

En la calle, Lucía dejó que su instinto la guiara. Una parte de sí ardía de furia por el plantón que le habían propinado. A la otra, un cosquilleo le recorría los muslos sólo de pensar en lo que se avecinaba.

No se equivocó. El olor a aceite frito mil veces reutilizado llegaba hasta el exterior del garito. Dentro, media Brigada de Obras del municipio batallaba por los oleaginosos chorizos de la barra con la plana mayor de la Hacienda autonómica. Al fondo, Ernesto y Alberto colocaban ya el tapete sobre una mesa. Lucía ocupó la de al lado, pero no parecieron darse cuenta.

–Nada más verte ya sabía que lo de la librería era puro paripé –le oyó decir a Alberto.

–¿Y tú? ¿Cuál fue tu último libro? –respondió Ernesto a su contrincante–. ¿El Pascual Duarte de 4º de ESO?

–No lo leí. Copié el resumen del Google.

Un sentimiento cercano al ultraje se apoderó de Lucía. ¡Había hecho sitio en su cama a un par de paletos que no leían una mierda! La mirada de odio que se dirigieron mutuamente los dos hombres produjo en la mujer una providencial comezón en la entrepierna cuando ya estaba a punto de abandonar el local. Resolvió quedarse.

Lo decidió el primer rey: Ernesto repartiría; Alberto sería mano.

-Lo dicho: a una sola de ocho –sacudió éste el platillo de las fichas.

Hubo tres descartes antes de que el mismo Alberto cortara el juego.

-Paso a grande.

-Y yo.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. En la barra, los de la Brigada de Obras habían establecido una tregua con los de Hacienda. La grasa se derramaba sin distinción de clases por monos y corbatas, mientras los clientes permanecían absortos en la tragedia que se estaba desarrollando al fondo del local.

-A chica también paso.

Ernesto pareció dudar.

-Paso –dijo finalmente.

-Pares no.

-Llevo.

Por primera vez, el rostro de Alberto dibujó una mueca. Sólo fue un segundo.

-Juego sí. Bonito, además –sonrió.

-Yo también.

A Lucía ráfagas de calor se le proyectaban por donde la ingle.

-Diez.

-Todas.

-A verlas.

VI (javier eder)

DEL CONCIERTO DE DYLAN NI ME HABLES –dice el excéntrico con gafas de pasta que en el extremo de la barra próximo a la salida, en claro contraste con el resto de la carnívora parroquia, devora algo dulce–. Más te voy a decir –prosigue el de las gafas, dirigiéndose al camarero, un estoico–: al concierto va ir Rita, alias la Encantadora.

El estoico muestra de golpe un ostensible interés por el pastelón de pasas que ha servido al excéntrico. Hasta el punto de que, no conforme con mirar detenidamente el manjar, acerca la nariz al mismo y hace un mohín olfativo.

-¿Le pasa algo al pastel? –inquiere el gafapasta.

-Que igual hoy le hemos puesto tigre –replica el camarero–, pero no le veo rayas ni huelo nada raro.

-Tú te acordarás de aquella de Dylan, ya sabes cuál digo, la de los animales.

El camarero hace repicar sus dedos sobre la cafetera y empieza a musitar: "Man gave names to all the animals, con su bikini, con su bikini".

-Ya veo –sentencia el excéntrico– que en el concierto vais a estar un animal de cada especie, como in the beginning. Y en el palco de vips estarán todos los sabinianos que conocen a Dylan por Sabina, con Sanz a la cabeza, en plan rey de la selva… La Barcina irá de pava real, para no variar.

-Si me lo pones así –apostilla el camarero impasible–, igual me echo atrás.

-¡Chavalote! –berrea uno de los de Hacienda, atizándole un sonoro manotazo al mostrador– ¡Eh, melenas! Cuando puedas, sácate otra de callos; anda, majo.

Mientras el camarero se pega al grasiento interfono –"¡Oootra de callos!"–, el excéntrico piensa que es el momento de encenderse un cigarrito y volver a la librería. Con la primera bocanada fija la vista en el fondo del idílico local. Allí hay un par de mastuerzos enzarzados en una discusión por un quítame ahí ese hamarreko. Uno es el patoso que ha entrado a la librería en busca de una guía de chatear. El otro es el que le ha preguntado por "algún libro bonito, tipo Isabel Allende o así, para un regalo especial". Junto a ellos ve a una clienta habitual: la que suele preguntarle si hay algo nuevo, "del estilo de Isabel Allende". La ve, en tan dorado escenario, con un aura mitológica: como quien ve a París –en versión femenina– en el tris de decidirse entre Hera, Atenea y… "Atiza –se dice–: falta Afrodita". Afrodita, obviamente, podría ser él. Apaga el cigarrillo, deja caer unas monedas sobre el mostrador y, decidido, echa a andar. Decidido, ¿a qué? Andar, ¿hacia dónde?

VII (F.L. Chivite)

Al final no hubo juicio en parís. Ni escena de celos entre amantes de ayer y de hoy. Ni loca performance erótico festiva en grupo improvisado. Pero bueno. Con frecuencia el destino se complace en desperdiciar las mejores oportunidades. Las más audaces y bizarras fantasías. Aunque, quién sabe si no será para bien. En cualquier caso, permítanme ahora intentar desenredar todo esto con un mínimo de delicadeza y confianza en las leyes naturales. A la vida le gusta complicarse, no es ningún secreto. Amamos la sencillez, de acuerdo. Pero la combatimos con fiereza. En fin, para empezar, dejemos que el excéntrico de las gafas un poco demasiado grandes se largue de una vez. El tipo no ha tenido suerte en la vida. En nada. Y lo compensa con una ingesta excesiva de productos azucarados. Cosa que no le sirve precisamente de ayuda en lo que al fortalecimiento del carácter se refiere. Vamos a ver. No pretendo cebarme con él, pero todo le sale chungo. Las mujeres le abandonan. Se alejan demasiado pronto. Detectan algo. La verdad es que al andar se escora un poco. Se le escurre la lengua en los fonemas fricativos. Y pestañea en exceso. Además, hace cosa de unos meses (y después de diez años de dedicación casi absoluta), acabó una novela titulada El extraño grimorio de la cripta, acerca de un misterioso manuscrito de magia negra hallado en una tumba cercana a la catedral de Tudela. Un auténtico ladrillo infumable. Intentó colocarlo en editoriales y certámenes pero lo único que ha sacado de ahí ha sido humillación. En torno a la literatura hay cantidad de historias patéticas, miseria a raudales, pobreza moral, no sé si me explico. Dejemos pues que se engolfe a gusto en los descampados periféricos. Que se compre un perro y lo saque a pasear. Probablemente, eso no es lo peor a lo que podría dedicarse.

Por lo que respecta a los jugadores de cartas, fíjense en ellos. ¿No notan algo raro? Si los observan con atención, comprobarán que la partida es lo de menos. ¿Qué importancia puede tener un triste órdago cuando entre tanto brota el verdadero amor? Ni siquiera llamarse Ernesto tiene ya la menor importancia. Se han mirado a los ojos en silencio y de repente han visto claro. Y han comprendido que la suerte de los seres humanos sobre la faz de la tierra no tiene por qué ser siempre y en todo momento turbulenta y esquiva. Elevémonos un poco para echar un vistazo al azaroso devenir. Ernes y Alber abandonan el local albardados en albricias y furor primaveral. Seis meses más tarde los vemos en el barrio de Gros, de Donosti con camisas ceñidas y el pelo engominado. Parecen radiantes. Acaban de abrir una tienda de antigüedades llamada Goitibeheras de antaño y han organizado una bonita velada de inauguración. Quizá todo parezca indicar que se abre ante ellos una etapa de prosperidad. Pero nada de eso. El negocio será una ruina, con pena lo digo. Aguantarán tres años de mala manera y al final se tirarán los trastos a la cabeza y se separarán. ¿Qué quieren? Las cosas son así. Ernes se verá obligado a acudir a sesiones de terapia ocupacional con ayuda de ansiolíticos y Alber regresará al pueblo para vivir con sus padres y cultivar las alegrías de la huerta como anhelaba el dulce Cándido.

Pero dejemos a un lado los aspectos secundarios y abordemos de una vez la cuestión principal. Porque aquí lo principal es la chica. ¿Se puede entrar de culo en una historia y salir siendo la estrella? Se puede, amigos. No pierdan la esperanza. Lucía seguía allí. La habíamos dejado sentada en la penumbra. A mitad de camino entre la perplejidad y el desengaño, ¿la recuerdan? Pobrecita. Sin embargo, supo poner un poco de orden en su agitado corazón y salir de las sombras cantando Forever Young no sin un cierto encanto naif bastante meritorio dadas las circunstancias. Y cuando llegó el día del concierto de Bob Dylan, sedujo en las inmediaciones de la plaza a uno de los guitarristas del grupo, un muchacho espigado de aspecto espiritual llamado Jim. Gracias a eso, tuvo ocasión de compartir asiento en el palco de autoridades y comprobar de cerca, no sin cierta tristeza, la mediocridad de las élites. Y al día siguiente se fugó con él. Le dijo:

-Sácame de aquí. Llévame lejos, pequeño Jim. Hazme feliz.

Vivieron una bonita historia en la inopia del amor por los hoteles del mundo. Se preguntarán, ¿duró mucho? ¿Fue realmente feliz, después de todo? En fin. Tal vez lo fuera, eso nunca se sabe. El caso es que voló. En alguna parte de esta historia quedó un paquete olvidado sobre la mesa de un bar. Seguro que lo recuerdan. Bien, ¿quieren conocer su contenido? Lo encontró el camarero al recoger las mesas y lo abrió después del cierre. Y mentiría si no dijera que se sorprendió, en la medida, claro, en que puede sorprenderse un camarero. Porque no había un libro, como en algún momento había llegado a imaginar. Sino unas esposas. Como lo oyen. Unas malditas esposas de maniatar. ¿Qué les parece? De eso fue, después de todo de lo que se libró la afortunada Lucía. De modo que, desde una perspectiva optimista, podría decirse que todo lo que ocurrió, ocurrió para bien. ¿No es eso? Que cada cual piense lo que quiera.

¿CONTINUARÁ?

OTROS ARTÍCULOS DE Mirarte : Cultura
Las librerías estrenan feria y ofrecen los habituales descuentos del 10%
Las aulas se alían con las letras
Patxi Irurzun participa hoy en la Noche de los Libros madrileña
Miguel Sanz dice que el Año Javierano fue una "excusa" para realizar "inversiones necesarias"
La SGAE recaudó 20,3 millones de euros en Navarra, La Rioja y Aragón en 2007
El Departamento de Cultura crea los Premios de Impulso de las Artes Príncipe de Viana
Concha Cilveti da una nueva dimensión a la cerámica en 'Evocaciones'
José Saramago reaparece tras su larga enfermedad y presenta una exposición en Lisboa
josé luis gómez y juan mayorga estrenan 'la paz perpetua'
 
SERVICIOS
Localiza fácilmente el destino que buscas en nuestro Callejero. Planos urbanos, direcciones, lugares de interés, farmacias...
AMOR Y AMISTAD
¿TE GUSTARÍA ENCONTRAR
A TU MEDIA NARANJA?


Únete a esta gran comunidad
Entra en el portal líder para conocer a gente de todo Europa, regístrate y empieza a hacer amigos desde ahora mismo
HOY EN LA AGENDA...
'MÚSICA PARA PRIMAVERA'

Concierto de Cuarteto Mitya a las 19.30 horas en Civican
Foro de debate - temas de actualidad
¿Crees que Osasuna va a lograr la permanencia o crees que va a descender? Opina en el foro
PUBLICIDAD | PROMOCIONES | DISTRIBUCIÓN | SUSCRIPTORES | EMPRESA EDITORA | TRABAJOS DE IMPRESIÓN | CONTACTO
Sindicación
internet@noticiasdenavarra.com | Haznos tu página de inicio | Suscripción a los titulares |
Visite también www.noticiasdealava.com | www.noticiasdegipuzkoa.com
© DIARIO DE NOTICIAS-Edición Digital
Altzutzate 8, Polígono Industrial Areta · 31620 HUARTE-PAMPLONA · Tel 948 33 25 33 Fax 948 33 25 18
Enlaces recomendados: Trabajo | Hosting |