I siquiera Patxi Mangado, o quizás deberíamos escribir Pachi, para que la grafía en euskera no destroce tal nombre, ha sido original al despreciar que un espacio cultural asuma el euskera como una parte más de su proyecto, pretendiendo así justificar su negativa a rotular bilingüe el Auditorio y Palacio de Congresos, Baluarte. No es original, porque ya lo hizo antes que él otro de los grandes nombres con los que ha contado la cultura local, el que fuera primer director de la Fundación Museo Jorge Oteiza, Alberto Rosales, quien hace ya cinco años, ante la pregunta de por qué en la exposición inaugural del proyecto no aparecía nada escrito en euskera, argumentó algo así como que rotular los paneles en dos lenguas quedaba estéticamente peor y además no cabía. Rosales y Mangado se parecen en todo aquello que mezclan y confunden. Por desgracia, no son los únicos. La lengua no es asunto decorativo, no es algo que uno hace o deshace, quita o pone. La lengua, el euskera, en este caso, pero podía ser otra si estuviéramos en otro lugar, existe aunque a muchos les pese y es riqueza y es cultura y es sentimiento y aporta conocimiento y libertad y es hermosa y es útil y construye y crea lazos de unión y contribuye a crear una sociedad más plural. Dos lenguas siempre suman, una sola a veces resta. Ver el euskera como algo que "destroza" es tener muy poca vista, y eso es especialmente grave cuando el que mira ha construido con su mirada un espacio público pensando más en la estética y en el lucimiento personal que en la realidad social y cultural en la que está ubicado.