enía yo unos 10 años cuando nos trasladamos del Ensanche a San Juan. En aquellos tiempos, para nuestro padre lo que hoy es la Vuelta del Castillo era sólo un lugar donde en su niñez se cazaban codornices. Desde nuestra nueva casa veíamos a los rebaños de ovejas cruzar la actual avenida de Barañáin, pero eso era algo que nos sorprendía poco. No hacía mucho tiempo que habíamos dejado de contemplar el mismo espectáculo sin movernos de la calle Bergamín. Hoy, cuando les cuento todo eso a mis hijos, me veo como el replicante del final de Blade Runner , recitando aquello de "he visto naves ardiendo más allá de Orión". Historias y sucedidos de un tiempo y un lugar situados en otra galaxia. Ciudad y cambio son conceptos que van unidos. La ciudad es un organismo vivo que necesita de una continua reinvención para seguir siéndolo. Negarlo y aferrarse a la inmutabilidad de las cosas es contrario a la idea de progreso. Creo, sin embargo, que hay un límite y que, si éste se rebasa, el lugar donde has vivido toda tu vida empieza a resultarte desconocido, extraño, ajeno a tus recuerdos y vivencias. La ciudad no es sólo un sitio para habitar, también debe serlo para reconocer y reconocerte. El sociólogo Mikel Razkin nos advertía ayer desde este periódico del peligro que corren las huertas de la Rochapea, pulmones de la ciudad, y, por lo que leíamos, motivo de admiración en congresos internacionales. Las últimas porciones de terreno que pueden testificar que esta capital también tuvo un modo de vida rural se encuentran amenazadas por diferentes proyectos municipales. Una de las cosas a las que nunca me acostumbraré del equipo de gobierno de Yolanda Barcina es su absoluta falta de respeto hacia ese paisaje que sustenta la memoria de buena parte de los habitantes de Pamplona. No sé si vienen de más acá o más allá de Orión, pero no dejan de transmitir lo mucho que en el fondo detestan esta ciudad donde viven.