eis días para huir del trabajo y de las obligaciones. Seis días, seis, pasando de noticias e informativos -lo siento, Joseba- y olvidarnos así de Zapatero y de Rajoy, de Sanz y del PSN, de las indigestiones y congestiones postelectorales, de ETA y sus pistolas, de Barcina y sus sorpresivos aliados de ANV-EAE, de las hojas de ruta y de las convocatorias unitarias en dudosas compañías. Seis días para salir pitando, si hay con quien. Para viajar, si hay pelas y ganas. Para tomar el sol, si hay sol. Para pasear bajo la lluvia, si es que jarrea, que todo es posible y hasta bastante probable. Para esquiar, si los meteorólogos aciertan y acaba habiendo lo que puede ser la última nieve. Seis días para hacer esa travesía que leíste una vez en Pirineos o Euskal Herria . Seis días para abrir ese libro que, desde que nos lo regalaron, no ha acabado de pedir su vez en nuestra mesilla. Seis días para escribir eso que lleva meses devorándonos el coco y royéndonos el alma. Sí, chavales/as, son seis días, por lo menos para aquellos que no trabajamos en el comercio ni en la hostelería ni para el 112. Seis días -casi una semana- sin otro quehacer que desquehacerarnos, tumbarnos a la bartola, tocarnos las narices y todo lo que sobresalga. Habrá que aprovechar este bendito año de 2008 en el que nuestro incomparable santoral nos ha añadido un día más de propina a los cinco de rigor. Una bonita oportunidad para pasar la cercana frontera y contemplar cómo unos pringan mientras otros nos dedicamos a la holganza. Es en estas fechas cuando se pone de manifiesto la vieja superioridad de la católica España ante la laica Francia. Ventajas de nuestra aconfesionalidad de medio pelo: seis días por el morro. A ver si Rouco pone firmes al nuevo gobierno. Si el año que viene hacemos siete, igual salgo de mozorro. Y si ocho, canto saetas disfrazado de Poncio Pilatos.